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2022-09-22

Tio Peppino

Hay una historia que siempre me contaba mi madre cuando era pequeño...La historia de su infancia. El tío Peppino se quedó viudo muy joven. La tía Nunzietta era una muchacha muy bonita. Murió de la fiebre amarilla a los pocos meses de haberse casado. El tío Peppino estaba muy enamorado de ella y no podía encontrar la paz después de la muerte de su joven esposa. Empezó a no comer y al cabo de unos meses se convirtió en uno de esos espantapájaros de los campos de girasoles. Él, el chico que siempre había hecho girarse a las mujeres del país. El abuelo Turi , que era el primo de la tía Nunzietta y amigo de borracheras de Peppino, decidió ir a verle. Se había extendido el rumor de que el tío Peppino, incapaz de dormir, iba cada noche al cementerio a visitar la tumba de Nunzietta, donde se ponía a llorar desesperadamente hasta agotarse y luego preocupado volvía a su casa. - “Peppino pero no puedes hacer eso” le decía el abuelo, “hay que respetar las almas de los muertos. Aunque Nunzietta está allí para darte ánimo, sabes cuantos son los que quieren dormir por la noche?”. “Y si alguien se enfada, Peppino, que harás? lo espantarás rezando el Padre nuestro?” El abuelo intentaba explicarselo, tratando de hacerle entrar en razón, incluso con ejemplos muy explicativos, pero Peppino no estaba. Estaba esperando a que el cementerio cerrase para poder estar a solas con Nunzietta. Mi madre dice que fue esa noche, mientras saltaba el muro del cementerio para volver a casa, cuando el tío Peppino sintió ser agarrado por detrás. En el pueblo se dice que el corazón se le congeló en el pecho. Turi tenía razón, tal vez Peppino había hecho enfurecer a las almas del los muertos y con un susurro y entre lágrimas, suplicó a las almas inquietas que lo dejaran ir a casa. Peppino entendió lo mucho que amaba vivir, y que a partir de aquel momento dejaria en paz Nunzietta y su nueva familia. Prometió que estaba arrepentido y que nunca más volvería al cementerio. A la mañana siguiente el tío Giuggiù Puripù, que por aquel entonces era muy joven y empresario de pompas fúnebres, lo encontró sentado en el muro que olía a pipí. Lo que le llamó la atención no fue la mirada perdida de Peppino, sino el pelo blanco e inmaculado que lucia ahora, en lugar de su cabello espeso y negro. Su chaqueta se le había enganchado en las ramas de un árbol. El tío Peppino no dijo una palabra. Bebía y comía, pero a partir de entonces, necesitaba la ayuda de su hermana, incluso si solo se trataba de ir a hacer pis. Mi madre me contaba esta historia cada vez que se lo pedía. Cuando le preguntaba cómo sabían las necesidades del tío Peppino, ya que se había quedado en silencio, ella muy lista, fingía no oírme. Esta es la obsesión de un niño por un hombre viejo que vivía muy cerca de su abuela y que los niños llamaban el fantasma.
Tag: fantasma, viejos, cementerio, inseguridad
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